lunes, 16 de diciembre de 2013

En la osamenta apareció LA PIEL

(Alberto Chessa. Madrid, Huerga y Fierro, 2013)


Hacia 1880 Friedrich Nietzsche escribía uno de sus textos capitales, La gaya ciencia. En su Prólogo a la segunda edición alemana  proponía una anécdota a modo de fábula: ““¿Es verdad que Dios está presente en todas partes? –preguntaba una niña pequeña a su madre-. “A mí eso no me parece decente””. La paráfrasis del filósofo no era menos memorable: “¡Qué lección para los filósofos! Hay que respetar más el pudor con que la Naturaleza se esconde detrás de enigmas e incertidumbres. Tal vez la verdad es una mujer que tiene sus razones para no querer enseñar sus razones. (…) ¡Ah! Aquellos griegos ¡cómo sabían vivir! ¡Para eso es preciso quedarse valientemente en la superficie, no pasar de la epidermis, adorar las apariencias, creer en la forma, en los sonidos, en las palabras, en todo el Olimpo de las apariencias! Los griegos eran superficiales… por profundidad”.

No es de extrañar que una importante tendencia de la poesía actual se decante por un principio semejante al que comentaba el pensador alemán a finales del XIX, sentando las bases de toda la tradición de la posmodernidad europea y americana del pasado siglo XX y también de comienzos del presente siglo XXI.  Un principio de entraña simbolista donde el romanticismo que aún nos determina sigue un curso diverso, como afluente de un mismo río que invitase, más que a sumergirse en su corriente, a inclinarse ante sus aguas y descubrir en ellas el perfil mutante que constituye nuestro ser: la superficie, que nunca es la misma y se transforma en cada nueva proyección, de nuestra piel. En la radiografía que el curso de las aguas exhibe cuando el caudal es nuestro espejo, no puedo sino aparecer lo externo, lo epidérmico, lo “sentimental, sensible y sensitivo”, que decía nuestro Darío,  lo que está sujeto a las inclemencias de la naturaleza y de la historia: la historia sustantiva de la piel.