viernes, 14 de febrero de 2014

LA LLAMA TRÉMULA DE JOSÉ EMILIO PACHECO



En un bellísimo dístico de su poemario Islas a la deriva (1973-1975), evocaba José Emilio Pacheco a la Décima musa mexicana, Sor Juana Inés de la Cruz, mediante una imagen sutil, que ahora, a mi vez, quisiera recuperar para atribuírsela a su hacedor, a pocos días de su despedida:



“Es la llama trémula

en la noche de piedra del virreinato”




         La metáfora de la llama resulta sugestiva y acertada para vislumbrar desde ella la oscuridad de esa noche pétrea en que el poeta escenifica los siglos de la historia colonial mexicana. Una llama, una luz débil en apariencia, pero necesaria y de enorme eficacia cuando la sombra es absoluta y el menor amparo luminoso permite proseguir en el camino. Pero además, el adjetivo “trémula” incorpora una connotación no menos sutil, al añadir el movimiento, el parpadeo, la sensación de fragilidad y al mismo tiempo de hálito, de vida. Una llama trémula, latente, sujeta a cualquier ráfaga de viento que la seduzca y provoque su extinción, pero una llama asimismo permanente, aún más tenaz, contundente y valerosa por su condición de inestable lasitud. La contraposición entre el fuego, en la modalidad de la llama, frente a la piedra que domina en la noche, que “es” la noche, prolongada y dominante -como la prolongación del virreinato colonial en “la nueva España”-, no puede ser más contumaz, más neta, más reveladora: más poética, en suma.



         Es José Emilio Pacheco poeta de fulgores y revelaciones, como todo verdadero “vate”. Su obra está plagada de hallazgos y vislumbres, que nos permiten acercarnos desde ángulos imprevistos y siempre sorprendentes a las realidades que evoca, bien provengan éstas del ámbito de la historia “objetiva”, del pensamiento, de las letras o de la vida personal. Un halo de escepticismo y de incredulidad ante el espectáculo de la existencia nimba sus creaciones, trasponiendo en ellas siempre el signo de su tiempo, un tiempo donde los ideales fueron decayendo, y las ilusiones se tamizaron, eclipsando los sueños juveniles y descubriendo la otra cara de la luna, con sus cráteres y rocas inaccesibles a cuantos no sueñan o no disponen del órgano consustancial a la poesía: la imaginación. Una imaginación que no desdeña la ironía, ni la contundencia de la realidad, por muy descarnada y demoledora que pueda ésta resultar. “Tarde o temprano”, nos dice literalmente, el rostro verdadero de las cosas, de los seres y de sus creaciones, muestra su figuración menos amable y, por ello, más esquiva para quienes no son capaces de afrontarla. Así, en el poema “Envejecer” versifica:



Sobre tu rostro

     crecerá otra cara

de cada surco en que la edad

     madura

y luego se consume

     y te enmascara

y hace que brote

     tu caricatura.



         Así de radical y despiadado puede aparecer ante nosotros el gran teatro del mundo y del tiempo. Pero no por ello nos invita Pacheco a compadecernos, a desesperarnos o rasgarnos las vestiduras trágicas sobre el escenario de la desolación. La tragedia ha derivado en serena convicción, en acendrado estoicismo, y el otrora emblemático sentimiento elegíaco se transforma, en la traslúcida atalaya de su mirada, en “contraelegía”:



Mi único tema es lo que ya no está.

Sólo parezco hablar de lo perdido.

Mi punzante estribillo es nunca más.

Y sin embargo amo este cambio perpetuo,

este variar segundo tras segundo,

porque sin él lo que llamamos vida

sería piedra.



         Y he ahí la clave de su poesía. Ese “sin embargo”, que nos ofrece, gracias a la erradicación de las ilusiones vanas, una verdad insobornable que “se ama”, en la cual, como diría el filósofo español Jorge Santayana, habita el único espacio donde el hombre halla abrigo y solaz: la convicción de lo que en verdad somos, más allá de la máscara, el retrato o la fotografía, y con ella, la liberación del ser, la desposesión de lo falaz y la aparición subsiguiente de su sentimiento más poético: la desnudez del alma libre.



         En este sentido, y volviendo a la lírica barroca –tan cercana en su desencanto  al que alberga José Emilio Pacheco en su poesía-, Sor Juana Inés nos invitó a desnudar la aparente inmortalidad de la obra artística, contemplando con rayos x en los ojos del alma que, más allá de su belleza estática, y “bien mirado”, el retrato era “engaño colorido” que, “del arte ostentando los rigores” y “con falsos silogismos de colores”, nos impedía ver aquello que el poeta-filósofo descubría, sin ambages, sin fintas ni artificios, bajo la apariencia: “es cadáver, es polvo, es sombra, es nada”.  Pacheco también lo sabe, y nos invita a reflexionar sobre nuestra esencia pasajera y, en su eterna fluencia, bella y auténtica.



          Fotografía, que simula y se escapa falsamente al devenir, como la que acompaña este texto. En ella, José Emilio sonríe en Salamanca en el año 2006, en un encuentro poético en que tuve la fortuna de coincidir con él. Circunstancias de la más variada naturaleza han transformado esa realidad en otra muy diversa. Nosotros, los de entonces, “ya no somos los mismos”, querido José Emilio. Y, “sin embargo”, como a ti te gusta tanto señalar en tus versos, el brillo permanece, no quieto ni estancado, sino renaciendo cuando alguien lo activa, cuando un lector recupera un poema de tu obra y lo convierte en su naturaleza al sentirlo vivo y propio. La llama, por muy trémula que se nos antoje, resplandece, más allá de la elegía, en la noche de piedra de nuestro tiempo, de nuestro mundo, de nuestra desolación. Y así como tú supiste acuñar los certeros versos en el Centenario de Rubén Darío, hoy quiero dedicarte el mismo dístico que tú compusiste para el genial autor de los “Cantos de vida y esperanza”. Paradoja que el alma poética comprende en toda su extensión:




Sólo el árbol tocado por el rayo

guarda el poder del fuego en su madera.







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