martes, 1 de abril de 2014

LA LIRA DE OCTAVIO PAZ





El martes 30 de mayo de 1989 Octavio Paz llegó a la ciudad de Murcia por primera vez. Esa tarde, un grupo de profesores, poetas y críticos nos hallábamos reunidos en el Aula de  Cultura de la CAM para rendir homenaje al poeta y ensayista mexicano, que un año después recibiría el primer y -hasta la fecha- único Premio Nobel concedido a un autor de México, cuando las puertas de la sala se abrieron y apareció un hombre de edad provecta, mirada penetrante y líquida, y una gran sonrisa de amplia generosidad, acompañado de una bella mujer, alta y rubia, provocando una inmediata interrupción de la sesión y un inmediato arranque de aplausos entre el numeroso público que asistía a la misma. Era Octavio Paz junto a Marie Jo Tramini, que fueron conducidos por el organizador de las actividades, el doctor Victorino Polo, y tomaron asiento entre los presentes,  no menos admirados que eufóricos ante su presencia.
 




  Esa tarde, hacia los 20:30 h., aproximadamente, un joven profesor, todavía becario, aunque próximo a presentar su tesis doctoral, se hallaba justamente disertando sobre la poesía de Octavio Paz, en torno a su “arco y su lira”,  ante dicho auditorio. No llevaba un texto escrito, sino apuntes y glosas varias, por lo que tuvo que hacer “de tripas corazón” para continuar con su discurso y sus argumentos cuando aquel imponente y admirado poeta se hallaba ante él y escuchaba lo que sobre su obra aquel veinteañero investigador afirmaba sobre ella.



Ya habrán podido imaginar que el joven becario no era otro que el autor de estas páginas, que remito a “La Galla Ciencia” como tributo al primer centenario del nacimiento de Paz, hilvanando los apuntes que en aquella ocasión desarrollé oralmente ante el  Maestro, y que hoy son testimonio de mi gratitud inmensa hacia la obra y la persona del autor de El laberinto de la soledad, en recuerdo de aquella tarde, aquel momento y aquella súbita e imponente aparición.



              1.  La palabra del hombre
 
 “La palabra del hombre/ es hija de la muerte”. Tales son los versos centrales del poema “Conversar” de Octavio Paz (1914-1998), perteneciente a su último poemario, Árbol adentro (1987), texto que –por varias razones- condensa y sintetiza una de las inquietudes fundamentales del mexicano. Un mínimo y fugaz repaso por su producción poética corroboraría tal consideración: títulos como “Palabra” (de Asueto) o “Hacia el poema” (de ¿Aguila o sol?), incluidos ambos en su recopilación Libertad bajo palabra (1935-1957), certifican ese originario impulso hacia la expresión crítica del poema (lo “metapoético” o, según Paz, la tradición del “poema crítico”), que vertebra una de las direcciones preeminentes de su historial lírico: los itinerarios de su lira. Así, entre el silencio de los dioses que no pronuncian ni articulan sonido alguno, limitándose en su acción al libre y determinista ejercicio cosmogónico, y la inanidad –o ausencia de significados esenciales- de la palabra como instrumento de comercio comunicativo interpersonal (la palabra lexicalizada y, por ende, muerta), se alza, se puede alzar, la palabra mediadora del poeta, aquella donde retorna la entidad perdida del signo arbitrario “en rotación”, la palabra viva, la palabra luz que, como la piedra incendiada o el carbunclo, recupere con su llama la virtualidad expresiva que en su origen todo vocablo poseyó y fue perdiendo en su proceso de fosilización (véanse Nietzsche, Heidegger, Gusdorf, Ricoeur, Foucault, al respecto): imagen casi inmaterial del “milagro”, las “lenguas de fuego” que descienden del Paráclito en Pentecostés, el “logos” vertido a sustancia humana: la palabra que patentiza el Ser.



         Por ello, el prólogo-frontispicio de dicho poemario-compilación parece así oficiar como la declaración profética de una constante lírica, un “universal” en su poesía: “Entre el silencio y el bullicio, invento la Palabra”; invención que aúna la razón de ser del hombre (la dimensión de libertad que hay bajo su: la Palabra), del artista (el buscador infatigable para quien la meta es el camino) e incluso del “ciudadano”, del “político” en su más inveterada y noble acepción, previa a su actual (¿absurdo?) desencanto: según Mallarmé, el poeta es quien restituye en plenitud de significación las palabras, los “idola fori”, a la “tribu” comunitaria que ha olvidado sus atributos individuales, el corazón del signo.

  Curiosamente sigue siendo Octavio Paz una de las voces más preclaras en la defensa de una tal alianza de oficios complementarios para el poeta, dentro del ámbito de los destinos poéticos contemporáneos. Y de esta manera el individuo libre, el artista y el “zoon politikon” conviven en su obra en singular concordia e inusitada armonía. De modo insensible debió y supo recorrer Paz un arduo, sinuoso camino de entregas y de encuentros –previa apertura de su “ser”- en que hubo de materializar dos de los axiomas teóricos que con más persistencia gravitan en la expresión poética del pasado siglo: la lucha cruenta y desigual de Jacob (el hombre en tanto poeta) con el ángel (el misterio), al cabo de la cual la experiencia se revela diáfana y desbrozada (según la clásica parábola de su compatriota Alfonso Reyes en su incursión teórica por el ámbito de la naturaleza literaria), y la no menos heroica decisión del hombre como realidad consciente, en el célebre aforismo de ese gran oráculo de las conciencia, que fuera condenado al ostracismo de la sinrazón: el “atrévete a nombrar” nietzscheano; el acto de verbalización como “voluntad de poder”, como el más alto y noble imperativo de todo espíritu tentado por la facultad de nominar, de convertir en “poeisis” el acto de habla cotidiano.


          Fiel a las intuiciones agónicas de Reyes y a los arrebatos místicos del filósofo alemán de La Gaya Ciencia, la “palabra” sobre Libertad del poeta mexicano constituye la realización formas de tales aproximaciones al componente inaprensible del fenómeno creador: “La poesía tiene su propia música: la palabra”, dictamina Paz en El arco y la lira. Hija de la muerte, la palabra del hombre (en el verso, y en los versos de Paz) es también quien aniquila su determinismo genealógico. La palabra sella su ser frente a la absoluta descomposición de la materia. Y así, si en la dilatada y esquiva obra de la metamorfosis alquímica, la piedra trueca su materia en el oro de la fe, en la poesía de Octavio Paz –reflexión analítica mediante- la palabra queda súbitamente, tras persistente y furtiva labor, iluminada, y el mundo, el sujeto y el alma aparecen mágicamente “despiertos”, como en el verso final del Primero Sueño de Sor Juana Inés de la Cruz, décima Musa de México, a quien el ensayista dedicaría uno de sus más sesudos y bellos textos: Las trampas de la fe. “Despiertos” aun sabiendo que en el opuesto hemisferio las sombras comenzarán a ocupar –imperiosas- los dominios conquistados de la luz. De la luz como vástago de la palabra.



              2.    El difícil arte de la simultaneidad

          Incurriríamos en grave y craso error si intentásemos definir la idiosincrasia literaria de Octavio Paz atendiendo a aquello que, en más de una ocasión, se ha esgrimido a la hora de caracterizar la profusión y complejidad de su obra: la sabia conciliación del espíritu “inspirado” y del inteligente y profundo estímulo hacia el componente analítico y teórico, hacia el estadio crítico, como instancias complementarias de una misma personalidad humanística. Y proclamaríamos tan parcial y limitada definición desde el momento en que estaríamos nuevamente sancionando el absoluto y total olvido de esa realidad inexorable que es la historia. Sin necesidad de referirnos maquinalmente al ámbito de la cultura europea, sino incluso circunscritos al tupido y abigarrado tapiz de la cultura hispanoamericana, ciertos nombres confirman tal negación de la memoria: José Martí, José Enrique Rodó, José Lezama Lima, Alfonso Reyes, Alejo Carpentier o Jorge Luis Borges (por citar emblemas de la Modernidad, en el sentido exacto que le atribuía Paz a tal vocablo) trazan esa “corriente alterna” del pensamiento libre –esa cadena de ilustrados- en cuyas voces la fecunda alianza del verbo creador consagra la armonía de los órdenes opuestos.

Superado el primer escollo –en las sirtes de Leteo y sus olvidos- es, sin embargo, posible determinar la peculiaridad de Octavio Paz una vez inserto en una tradición que, sin duda, es ya hora de determinar. No es el fin de esta página acometer tamaña empresa, pero sí lo es tal vez apuntar un posible rasgo orientativo que, a modo de borrador o esbozo, cabría definir como “el difícil arte de la simultaneidad”. Oficio en el cual es sin duda Paz artífice y maestro. 

   
 Haber sido capaz de profundizar en las propias raíces de una civilización heredada en signos impuestos (Europa y América) y no perder por ello la atracción del ancho y ajeno universo que trasciende la gravedad de su tendencia unívoca. Haber fatigado con aliento de hermeneuta, de profeta, los signos en rotación del simbolismo europeo, de la mística hindú, de la tradición alejandrina ocultista y hermética, de la secularización contemporánea, del positivismo como religión desacralizada y social, de los entresijos filosóficos de las vanguardias artísticas, de los avatares enigmáticos de la historia política mexicana con el laberinto de sus soledades, del alma “demasiado humana” de la Décima Musa de su país en la Nueva España, de la desarticulación del lenguaje clásico en la poesía contemporánea occidental, de la antropología de Lévi-Strauss, la filosofía de Sade, el cine de Buñuel  o la pintura de Duchamp; del existencialismo y su “superación” en el culto del hombre que sufre e ironiza… y haber legado, paralela –simultáneamente- una obra poética y ensayística que las generaciones no olvidarán (¡sobrevivir en Los hijos del limo, en Pasado en claro), revela la verdadera faz, los surcos profundos del rostro en la persona, el hacedor Octavio Paz. Y en su destino verbal se conjugan y declinan, en ardua simultaneidad, el ser que revive y desvela su “pasado” con los seres plurales que lo rodean y en cuya facciones espirituales fatalmente se reconoce: la conjugación y armonía del mito y del discurso, del automatismo onírico y de la reflexión atemperada, del limo y de la lumbre, de la sangre y la entelequia: del cuerpo y del alma.


          Por ello, el ideograma de la libertad no podía ser para Paz sino el trueque silábico del “sino” en el “no” y el “sí” que –en su palabra y en su psique- conforman un espacio final –Conjunciones y disyunciones- donde abrazan su mutuo reconocimiento.





 

 Vicente Cervera Salinas





Bibliografía de Vicente Cervera Salinas sobre Octavio Paz:

-“Tensiones poéticas: el arco y la lira (Antonio Machado y Octavio Paz)”. Barcarola. Albacete, diciembre, 1989, 171-178.

- “La palabra en claro de Octavio Paz”.  En El águila y el viento. Homenaje a Octavio Paz. Comisión V Centenario, Murcia. 1990, 47-62.

-“Los ríos de la Modernidad: Yorgos Seferis y Octavio Paz”. Barcarola, Albacete, abril, 1991, 239-250.

-“El árbol ejemplifical de Octavio Paz”. En Cervera Salinas, Vicente: La palabra en el espejo. Estudios de literatura hispanoamericana comparada. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Murcia. 1996, 187-206.

-“Tres miradas ante el cine de Buñuel: Cortázar, Paz, Fuentes”. Artículo en prensa, 2014.







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