lunes, 2 de junio de 2014

Pandémica existencia: el sueño realizado de Juan Carlos Onetti






La literatura onettiana ofrece un muestrario muy valioso de figuras condenadas al ostracismo en el país del esplendor que fue la juventud, los desterrados al lugar de la infinita mediocridad, donde serán devorados por el voraz olvido o consumidos como pasto de sus llamas. La ley de carácter casi científico sobre el «hombre mediocre», que su antepasado argentino, el psiquiatra y hombre de letras José Ingenieros decretó en 1913, parece presidir el universo de seres e infamias que pueblan la «otra» Santa María del Buen Aire, la ciudad homónima y fabulosa creada por Onetti. Desde una atalaya crítica dispuesta en coordenadas psicosociales proponía Ingenieros el cromosoma de la vulgaridad como rasgo distintivo de los temperamentos y caracteres mediocres, vistos en el seno de la sociedad que hace homogéneos y «duplicados» a los sujetos que la pueblan. Cuanto ofrece en dispositivo ensayístico y como descripción de un tejido humano el doctor Ingenieros, se convierte en materia narrativa, ficcional, en la obra literaria de Juan Carlos Onetti, que insistiendo, como propone su antecesor, en los «rasgos suaves de la acuarela», plasma los tonos de un aguafuerte turbio y desvaído: los pronombres personales que articulan el engranaje de un mundo destinado al infierno de su propia condición mediocre.
La vulgaridad, empero, no aparece en la obra narrativa de Onetti como premisa y causa en los avatares existenciales de sus seres, sino más bien como el resultado fatal de circunstancias que terminan desbordándolos y sumiéndolos en la ruina o el desastre. La vulgaridad acecha, y casi siempre hace mella en cuantos claudican de lo que alguna vez fueron o imaginaron ser. Este rasgo peculiar de sus criaturas permite emparentarlas con uno de sus más genuinos precedentes literarios en esta formulación de mundos y modos.
Pandémica, nunca celeste, salvo en el claroscuro del recuerdo, se cifrará toda existencia en la literatura del autor uruguayo. El entusiasmo ha dado paso al hastío; la embriaguez erótica por la belleza, al desabrimiento, a la rutina o al olvido, cuando no al rencor, la inquina o la venganza; todo signo de alegría queda sustituido por el espectáculo cotidiano del más absoluto aburrimiento. Y éste tan solo puede ser ocasionalmente evadido por los entreveros del sueño, sea éste entendido como creación literaria, de espacios, personajes y mundos, o como quimera a la que asirse cuando nada resta, cuando nada importa. Cuando entonces.
  En el cuento titulado «Presencia» (1978), el exiliado Jorge Malabia diseña la vida imaginaria de la mujer que quedó presa en la remota Santa María mediante una farsa detectivesca, que simula una existencia casi compartida en las calles de la misma ciudad de Madrid en que sobrevive sin raíces, y a cuyo hilo se recrea esa «presencia» femenina imposible, que la trágica noticia del diario Presencia trunca, atroz, con su tajo de realidad. En otro de los más celebrados cuentos de Onetti, la necesidad imperiosa, absoluta y única de materializar una fantasía da pie a la protagonista de «Un sueño realizado» (1941) a contratar a un decrépito director teatral para reconstruir sobre un escenario las breves y enigmáticas secuencias de su onírico proceso, que desemboca, tras su realización, en un fatal desenlace. El desconcierto que, según Mario Benedetti, provoca la conclusión del relato en los lectores, confirma la hipótesis onettiana de que el territorio de lo imaginario supera en intensidad, capacidad, fuerza y valor al universo tedioso, insípido o desvaído, cuando no descarnado y truculento de los hechos físicos que la realidad objetiva y el paso del tiempo nos depara. De evidente linaje faulkneriano, como espléndido homenaje al «padre y maestro mágico» que fuera para Onetti el escritor norteamericano, es el relato «La novia robada» (1968), en que brillan los ecos de las narraciones de William Faulkner más recordadas por el uruguayo: la demacrada protagonista de la novela breve Una rosa para Emily y el recuerdo del traje de novia que quedó sin estrenar, apolillado e inconcluso, de Judit, la hija de Tomás Supten, en la magna, coral y compleja novela Absalón, Absalón (1936). 



El arranque del cuento «La novia robada» plantea una doble vertiente, que se asimila a la naturaleza dual del microcosmos del uruguayo: la inanidad de la vida y el refugio en un recodo del pretérito de aquello que ya se sabe marchito y transcurrido, de lo que sólo alcanza entidad de concepto y figura por el don de la evocación. La destinataria ideal de las páginas del relato, novia robada por la locura, es la víctima del desasimiento emocional de todo un pueblo y del agobiante peso de un traje que amarillea y envejece diariamente hasta alcanzar su condición de trapo. En la ciudad donde «nada pasaba» (primer párrafo; primera oración) un narrador se asoma a los encajes olvidados del tiempo y deja fluir, líricamente, los renglones de una carta de antemano perdida, donde el síndrome de lo irrecuperable destila en toda su amargura, donde las huellas de las historias «ya contadas» que la preceden no hacen sino reforzar su impronta desgarrada, maldita.
 

Los personajes de Juan Carlos Onetti suelen ser así: criaturas que agotan la vida antes de tiempo y se agotan sin redención ni salvación posibles. Son figuras condenadas al fracaso, prematuros esbozos de sus desdichas por venir. Eternos perdedores que pretenden asirse a lo poco que les queda, resignándose a ver el avance paulatino de sus años y de los días de los otros hacia la misma costa de la disolución, de la progresiva desaparición de sus velas. El cuerpo y el alma se aúnan en un proceso de abatimiento, donde no hay resortes de purificación. Queda vacante el espacio de los dioses y de las ideas: no quedan lemas ni árboles de paraíso. Un continuo infierno de la conciencia, donde los condenados se regodean en su propio sufrimiento y en la urgencia de comprobar que nada, absolutamente nada «real», se salva de este dictado. Paradigma de esta visión degradada del mundo, resulta el excelente relato «Bienvenido, Bob» (1944). Su excelencia y notoriedad radican, entre otras razones, en el hecho de haber planteado el motivo de la miseria humana como estandarte ético del ser y el espectáculo de la venganza, en clave de fatum y aspiración más pura del individuo que ha «claudicado», referentes tópicos de la literatura onettiana, mediante el dispositivo del esquema triangular. El narrador de esta pieza literaria establece una relación dual con una pareja de hermanos, en cuyo sustrato late el arquetipo del doble, tan frecuentado por la literatura fantástica, pero trasladado a otra dimensión óntica, concerniente al universo de la degradación espiritual, y en la que parece residir un lejano eco faulkneriano.
Las edades del espíritu propuestas por Juan Carlos Onetti dividen la existencia humana en una «edad de la inocencia», propia de aquellos que todavía habitan el reino de lo imaginario, de un posibilismo pujante y tenaz, frente a los condenados al infierno de la «edad ingrata», el dominio condenatorio de la apatía, el desengaño, la pasividad, la ausencia de ideales, la inercia, la mediocridad, en fin. Viven la «edad ingrata» los seres que, como el propio Bob espeta al narrador y más tarde él mismo experimentará en devolución inversa, juzgan y catalogan el mundo por «conceptos» y «abstracciones», sin encarnadura vital, sin capacidad para deslindar las particularidades que singularizan a las criaturas. Un concepto de «lo real» que reduce y rebaja la escala de las valoraciones y diversidades, y se contenta con el instinto vegetativo de la supervivencia, y en que las «mejores intenciones» han dado paso a las repeticiones de una conducta carente de aspiración a lo hermoso o perfectivo. En esta nueva «edad del espíritu» que representa, a mitad del siglo XX, la literatura de Onetti, el cántico por la bienaventuranza es menos sublime que la objetivación de lo perverso y de la pobreza de espíritu, de que hacen gala narradores como el de «Bienvenido, Bob».
En tales condiciones, la vida se limita a reproducir los gestos consabidos, hasta desgastar y lamer sus aristas vivas, y trocar a sus dueños en materia fósil de cuanto alguna vez tuvo fuerza y movimiento. El universo de Santa María, y de todas las patrias posibles que albergan al ser humano para Juan Carlos Onetti, deviene simple e improductiva repetición, que forja los rostros de la desgraciada muerte en vida. Pero alguna vez, el daimon de un sentimiento antiguo, que fue real y comprendió materia y forma, retorna como presencia angustiosa en la casa de arena que todavía permanece sin desmoronarse. Allí oficia sus ritos, sus puestas en escena, las realizaciones últimas de sus sueños, las compensaciones siniestras de sus desdichas. Sus actores pueden interpretar el papel. Tal vez alcancen la cima de su empeño. En todo caso, sus logros no habrán sobrepasado el último círculo infernal. Cumplirán sus fines como quien abraza la bandera de la ruindad, del abandono. Obtendrán sus prebendas por haberles dado la bienvenida al infierno a quienes todavía ignoran que están a sus puertas. Confirmarán su tarea en un oficio de simulación, ignominia o saña. Si no optaron por abandonarse a la razón vegetativa, optarán por recrudecer en inversión canalla lo que alguna vez pudiera haber sido camino de perfección. Sin consagración posible en un ascenso, que cayó como palabra gastada y en un abandono perpetuo de todo estado de gracia.


 Vicente Cervera Salinas.
A Juan Carlos Onetti, 
a los 40 años de su deceso (1984-2014).