lunes, 6 de julio de 2015

SEMEN O CENIZA: "Sobre Figli del divenire", de Vicente Cervera Salinas (por Alberto Chessa).




SEMEN O CENIZA
Sobre Figli del divenire, de Vicente Cervera Salinas


Al igual que los ayeres, el término devenir permite un plural que no deja de ser un desafío a su propia condición, pues multiplica lo que de suyo representa una entidad marmórea. Lo que dejamos atrás, o bien las peripecias que nos tenga reservada la existencia, son, en efecto, categorías opacas que impiden nuestra intervención, valga decir, el paso a nuestra luz. Eso, en fin, siempre y cuando consideremos, como Parménides, que «es lo mismo ser que pensar». No es el caso de Vicente Cervera Salinas (Albacete, 1961), cuya raigambre heraclitiana es patente en toda su obra poética, como pone de manifiesto el mismo título, Figli del divenire, escogido para esta Antologia poetica 1993-2013 que, en edición crítica y bilingüe, han preparado Marina Bianchi y Mario Francisco Benvenuto y publicado en la italiana Iride. 35 poemas como lápidas, entre los que se encuentra la composición que bautiza el conjunto, «Hijos del devenir», que nos deja ver a las claras cómo fluyen («todo fluye») los mismos ríos en los que -nos turbaba el de Éfeso- «penetramos y no penetramos, nosotros mismos somos y no somos.» Cervera se abandona al discurrir y, es más, propicia su reproducción exponencial en la medida en que el devenir del que se reconoce estirpe percute en plural e invierte su naturaleza de raíz a vástago, fruto de una procreación (y «sin parar») por parte del poeta. Leamos el final de la pieza:

            No perfeccionas una línea
            que trazaste única: como el sol,
            como la noche, como el fuego
            y como la marea, alcanzas los átomos
            de la intensidad. Luego te eclipsas.
            Y procreas devenires sin parar.

Debemos agradecer la oportunidad de los traductores y profesores de las universidades de Bérgamo y Calabria por celebrar los veinte años de dedicación a la poesía de Vicente Cervera Salinas con esta antología que, gracias a su condición bilingüe, nos acerca también a los lectores de su lengua madre una selección acertada y esclarecedora de los cuatro libros que el autor ha publicado hasta la fecha, a saber: De aurigas inmortales (Comisión V Centenario, 1993; finalista del Premio América de Poesía), La partitura (Vitruvio, 2001), El alma oblicua (Verbum, 2003) y el todavía reciente Escalada y otros poemas (Verbum, 2010).

A esta compilación, que iba siendo ya necesaria, pone el broche un poema inédito, «La vergüenza», que anuncia, al parecer, una nueva dirección en su poesía (quizá un camino más ancho), en donde la llamada, para entendernos, conciencia social pugna por abrirse un hueco sin que ello comporte una merma de la tensión en el decir ni, menos aún, el cavilar (¿por qué habría de generar tal cosa, por otra parte?) No se trataría de un giro en su creación; más bien -insisto- de la incorporación con mayor carácter explícito de algunos motivos (la rabia ante el oprobio y la injusticia; el dolor por los desheredados; la rendición ante lo que Maeterlinck llamó «el tesoro de los humildes») que hasta el momento se habían asomado a los versos como al bies, sin la formulación palmaria que sí ofrece el inédito. En cualquier caso, nos hallaríamos ante un peldaño más en la incesante escalada en la que el poeta anda atareado, una coherente reunión del andamiaje simbolista, que ha caracterizado toda su producción, con ese mirar afuera, al otro, a los otros, y que la lidia se dirima en el poema. «La conciencia es conflicto», concluía Yeats, un autor del que Cervera siempre se ha declarado devoto. El título completo de su última entrega, Escalada y otros poemas, parece remitirnos, de hecho, siquiera sea como un eco ulterior, a La escalera de caracol y otros poemas, una de las obras cumbre del irlandés.

                        el camino era
            un ascenso y el viaje una
            escalada, que permite recostarme
            en su penumbra vertical

Si algo caracteriza, por encima de cualquier contingencia, la poesía de Cervera Salinas es la búsqueda; indesmayable, feroz, con visos bien patentes de elevación, de ascenso. La mirada viene definida insobornablemente como un «don», y eso hace que, como propone «Ánfora», devengan «materia» y «espacio» todo lo que el poeta ha querido, todo lo que ha imaginado (en otra composición, «Tus labios de piedra», el espacio -otra vez- se habrá convertido incluso en «tacto»). Buscar, averiguar, descubrir tan solo para constatar el imperativo de seguir escudriñando; tal es la ecuación que ordena y cifra la razón de ser de esta aventura, su caza sin alcance. El poeta es consciente de la imposibilidad de coronar su indagación, lo cual, lejos de infundirle desánimo, le alienta a proseguir con nuevos bríos. Como un nuevo Dante regresado del círculo infernal, en «Marzo o la voluntad afirmativa», anuncia: «prometo no descender más al / Sur del desconsuelo». Y así, de cada trecho de la escalada, se vuelve como de un viaje jalonado de bellezas impuras y amores tiznados del «Azul heraldo» (recordemos que Juan Ramón supo ver que «Dios está azul»), y con palabras justas y cardinales, se diría que trasplantadas al papel desde el interior de una brújula.



El alma que se quiere «desnuda», en «Razones del deudor», no es otra cosa que el deseo de lograr el equilibrio postulado en el poema que da título al tercero de los libros de Vicente Cervera, El alma oblicua. No estamos ante una imagen feliz que sólo carga su sentido en un maridaje de resonancias sinestésicas. La inclinación del poeta por la abstracción geométrica ha quedado patente en su entrega a la escala, la escalada, la escalera. Cuando aquí se refiere a la dimensión «oblicua» del alma, de sí mismo, de su ser, hay que advertir ante todo que se trata de una confesión, en clave asimétrica, de la indeterminación del eje a la hora de regular sus puntos de fuga. «Alma / oblicua que ama, al fin, la rectitud», sí, y hacia ella propende; aunque, como en el caso de la ascensión, su destino será verificar que la consecución de la empresa, más allá de su posible logro, no importa tanto como la perseverancia en la sustancia primigenia que la animó. Es difícil, entonces, no dibujarse en la mente el espacio que remonta el poeta como un triángulo escaleno, con la cumbre desnivelada por sus tres lados desiguales; más aún si tenemos en cuenta que, en griego, escaleno (σκαληνός) no significaba más que eso: «oblicuo». En las iglesias góticas, es precisamente la orientación oblicua en las líneas cruzadas de la bóveda la que pone en jaque el plano del fondo con el primer plano, la izquierda con la derecha y viceversa, manteniendo en continuo movimiento al ojo, sin permitirle descansar, pues lo que ve es un paisaje enrarecido, turbulento, que acaba por sumir al espectador en un estado de inquietud. Es por eso por lo que el autor alerta sobre la presencia invasora de (otra vez, como el devenir y el ayer, en plural) «Nuestras muertes cotidianas»:

            En el hueco gesto y hosco,
            en la mirada despoblada como casa
            que habitaran sólo hormigas,
            en el timbre impertinente de la voz,
            en la respuesta agria, en el tinte
            más sombrío de la piel. Se
            pueden rastrear las muertes cotidianas
            en la faz crispada, refractaria
            a la emoción de conocer. Y, sobre todo,
            en la costumbre de haber claudicado,
            de olvidar que alguna vez se nos indujo
            a detenernos y proyectar luz y promesas.


¿Semen o ceniza? Cervera Salinas anda en pos de respuestas que sólo le generan nuevas interrogantes, perplejidades, disyuntivas. Ovillado con la Naturaleza («de ella / pretendo incorporar algún / apunte a mi persona», nos revela no sin modestia), en una lección bien aprendida de los románticos, concibe la tibieza como una «maldición» y, en consecuencia, propone como una suerte de vademécum: «Vida y muerte, que no falten a tu vida». En ese juego de contrarios, de espejos enfrentados, que pone de manifiesto la fuente barroca y el manantial borgiano en los que abreva también nuestro poeta, es donde con más vehemencia se verbaliza el conflicto aludido al principio entre ser y discurrir. Eros y Thánatos acuden en auxilio de la voz que, en el cierre de «La curación», se rompe ante la necesidad de decantarse por un arbitrio u otro; dice así: «Todos estamos vueltos ante Dios / y elegimos ser semen o ceniza».

Ahora bien, siendo cierto que en esa elección se juega el poeta el todo por el todo, no lo es menos que su camino de ascenso le brinda la ocasión de proyectar su encrucijada en otros, como si sólo tras la apelación a un , tras la sospecha fundada de que hay alguien que escucha, que atiende, pudiera desarrollar Cervera su afirmación o su duda (su «voluntad afirmativa», al fin y al cabo). ¿Cómo podría confirmar tal cosa? De ningún modo. Pero es precisamente por esa inevidencia por lo que el receptor al que se dirige el poema reclamando su solicitud o su amparo, el fantasma (deixis en fantasma) que señalan con tenacidad los versos, crece y se fortalece a cada paso, pues en su quimera está su salvación y en su entelequia la razón de su existir. Incluso en una composición como «Escalada», en la que, por su construcción, no esperaríamos más que un soliloquio autorreferencial, nos asalta de pronto el verso «y siempre voy contigo».

Hay, por tanto, en la poesía de Cervera Salinas un de importancia capital, que articula el decurso de la partitura. Un que cambia de traje según las necesidades de cada estancia y, así, podemos reconocer en él a veces un trasunto objetivado del propio autor, o bien un dechado amatorio, un interlocutor cómplice, el deseo de trascendencia y, cómo no, el propio lector, nosotros. En «El lamento de Narciso», adoptará la figura del Doppelgänger, con quien el poeta entablará una inevitable lucha fratricida, que a punto está de abocarlo a las aguas «saladas y voraces de la indiferencia y la extinción». Es decir: al sujeto que «ha concebido un doble» no le queda más que extremar el cuidado para no concebir asimismo su propia destrucción, pues al bilocarse puso en peligro su alma (por supuesto, «oblicua»). Algo que trae a la cabeza ese fenómeno de la psicología primitiva que, no en vano, se conoce como «pérdida del alma» y que Jung resumía inmejorablemente así: «un alma se puede marchar, como se le escapa a uno un perro en plena noche». De nuevo en el poema que da nombre a toda la antología, confesará el autor haberse fugado de su ser en un lugar de paso:

                                               Te
            apadrinaron estaciones, bocas de
            metro, tarjetas postales, o las persianas
            de un hotel donde fugaste de tu ser.

El lenguaje poético de Vicente Cervera destaca por una concisión en el decir, una justeza epigramática que no colisiona con la expresión barroca cuando el poeta la considera pertinente, algo que se echa de ver con nitidez en el uso recurrente del hipérbaton, que hace que estos poemas se eleven por encima de la planicie comunicativa. Tampoco son infrecuentes ciertos giros del acervo coloquial, frases hechas o locuciones sancionadas por el uso común, que emergen sin aviso en el devenir de la composición. Por dos veces, por ejemplo, se implora o concede la duda a lomos de su «beneficio»; y, en el poema que clausura el último libro, confiesa el autor: «Fui testigo y cómplice, / abogado de todos los diablos conocidos». El lenguaje avanza, en ocasiones, a golpe de intuición, por la vía de las correspondencias fónicas (no, no se trata de pedestres juegos de palabras), invitando al lector, y antes al poeta mismo, a descubrir en su seno secretas analogías de sentido: «la espada / que en la espalda clava el filo / sin veneno»; «Magníficas / raíces de magnolio».
Se trata, en realidad, de una sumisión al ritmo en provecho de la melodía de la pieza. De todas las manifestaciones artísticas, la más nutriente en Cervera es, sin duda, la música, como bien ha dejado constancia el autor al escoger la imagen de La partitura como título de su segunda entrega. Vemos allí cómo el poeta concibe un pentagrama como un autorretrato y aboga por la llegada de ese alguien (de nuevo el ) que sepa interpretarlo, haciendo suyo el anhelo de Valéry al flanco de su Cementerio marino cuando imploraba: «Yo he escrito una partitura, pero no puedo escucharla sino ejecutada por el alma y el espíritu de los demás».

En parecidos términos se ha expresado el poeta cuando ha escrito sobre «las líneas de fuga del pensamiento y sus virtualidades creadoras, más allá del poder y la voluntad de mi persona, no sólo de mi poesía». En efecto, no es la razón, entendida como sujeción coercitiva, la que conduce los poemas de Vicente Cervera, sino el desafío a la aprehensión exclusivamente cerebral. Lo cual no nos lleva por sistema a un gastado automatismo, claro que no: hay orden, hay criterio, hay armonía y contrapunto; las teselas encajan todas en el mosaico. Es más sencillo (y, a la vez, mucho más extenuante): la batuta que orienta estos versos es una articulación natural de la mano y, a un tiempo, la garante de la autonomía de cada iluminación, cada destello, cada sonido. Leemos en «Principio y fin»:

            Entre la historia y el poema,
            echar raíces. Sin claudicar ni vencer.
            Radicar en el aire. Y hollar.

Figli del divenire. Antologia poetica 1993-2013 brinda la oportunidad de reencontrarnos con versos conocidos que, a su vez, se leen en una clave distinta, vagamente otra; versos que están escritos más para ser declarados que declamados. Vicente Cervera Salinas sigue inmerso en la construcción paciente de una obra serena, inteligente, asentada. Una ya extensa creación en la que no falta la polifonía (qué nefasto lo contrario), pero tampoco esa única mano conductora que lo armoniza todo y niega la disonancia.


                                                                                                          Alberto Chessa
Madrid, febrero de 2014




miércoles, 25 de marzo de 2015

El inmenso hueco de "La Plenitud", o donde habita el vacío.







Un poemario como el que publica con sumo acierto Raspabook (2015), La plenitud, de la argentina Claudia Masín, supone no un libro más entre los libros, sino un texto esencial entre las modernas publicaciones poéticas. Sexto en el itinerario de títulos de su autora, se revela, desde su obertura hasta su cierre, como un viaje particular hacia el interior de la experiencia poética. Hacia la raíz del sentimiento que hemos convenido ancestralmente en considerar “poesía”. Unos versos de “La corteza” lo constatan:



Es posible entrar en la infancia de otra persona.

No hablo de inventar una historia lo suficientemente hermosa,

otriste, o rara, que nos dé la ilusión de estar unidos,

sino de entrar, como entra la raíz de un árbol en la raíz de otro,

cuando el espacio que los separa es poco…  (25)



Así: como entra la raíz de un árbol en la raíz de otro es justamente como va penetrando la escritura lírica de Claudia Masín en nuestra recepción, en nuestros sentidos y, más allá, en nuestro ser, y aún más, en la raíz de nuestro ser: en el arcano de nuestra existencia, en el lugar donde brota y germina la poesía. Una poesía que une al lector con la voz de su autora y procura al cabo inundar al receptor de su plenitud, de su totalidad, de su colmo.



Pero no pensemos que se trata de un tipo de plenitud como suma o adición, como acumulación o ganancia. No. Se trata de una plenitud que surge de la consciencia del vacío, del hueco, de la oquedad, de la ausencia, del pozo, de la falta, de la separación. Como en Pasado en claro de Octavio Paz, también aquí aparece esa noción contrapuesta y de radiante sugestión: “el ser sin ser, la plenitud vacía”. Como la plenitud de ese árbol del que nos habla en el último poema de la compilación de Claudia Masín, el que por derecho da título al conjunto y también así lo colma y llena de sentido y sugerencia. Ese árbol “demasiado delicado y tímido para sobrevivir sin que las ramas/ se tuerzan, decaigan, pierdan fuerza cada día,/ como si no hubiera nacido preparado/ para enfrentar la dificultad del suelo áspero y las plagas,/ y su propia debilidad lo llevara a empequeñecerse/ hasta casi desaparecer, tapado por una vegetación/ que pareciera nutrirse de la audacia/ que a él le falta (…)” (57). Todos tenemos en nuestra memoria visual la imagen de esos árboles asfixiados por plantas parasitarias, que difícilmente aspirar a crecer o mantener la vida erguida y ascendente. Es esta imagen de la carencia la que funciona como metáfora del acto nominal de nuestra autora, que sin duda y con contundencia apunta: 

Yo quisiera ser así, capaz de soportar la plenitud
sin anhelar la abundancia. (58).



¿Y esa abundancia innecesaria, de la que el yo poético libremente se despoja, de dónde emana? Una de las respuestas más evidentes, tras la lectura del poemario, sería, paradójica y curiosamente, del propio lenguaje. Los actos nominales redundan, según la autora, en lo accesorio, fútil o banal: en la escoria del ser. A lo largo del libro se sucede ese descrédito explícito hacia el mundo de la comunicación que nada dice ni transmite, salva la propia evidencia de un vacío que no se colma jamás. 

Y a pesar de ello, la escritora persevera en el lenguaje, porque no es el lenguaje del mero decir, sino el lenguaje asido al ser por la poesía, en el lado romántico del fenómeno de la creación, tomando el romanticismo en el sentido de Hölderlin o, si queremos, en la lectura heideggeriana del poeta alemán: la poesía como manifestación del ser, como ontología. De un ser “demasiado delicado y tímido para sobrevivir  sin que las ramas/ se tuerzan”: ese ser que es nuestro ser humano y rodeado por todas partes de la oquedad, del vacío. En el poema “El ancla”, por ejemplo, afirma:

 No son las palabras las que nos sostienen
 cuando la materia cae vencida, es al revés, somos salvados
 por el tacto, la cercanía física, el calor (…) (53)

Así sucede en todo el poemario: frente al acto nominal, el valor puro y evidente, natural y reconocible, de la materia.  “No hay belleza para mí en las cosas/ que no pueden volverse talismán contra las fuerzas/ del desamparo o de la pena, y ninguna palabra podría hacer eso,/ sólo la presencia física (…)” sostiene con rotunda firmeza en “El talismán” (43). Las leyes físicas de la materia remiten siempre al encuentro de nuestro ser con el del otro, o con el que remotamente fuimos y aun somos capaces de reconocer, pues brota en ese instante “La gracia”; la misma que versifica en su poema homónimo, donde nos invita a sentir de esta manera: 

A veces, muy raramente, un encuentro nos conmueve
de una forma que no puede ser atenuada por el pensamiento
o el lenguaje. (21)

La dicha plena, confirma unos versos más adelante, se produce como una forma de “dicha física/ y debería producirse sólo una vez,/ antes de que conozcamos las palabras.” (21). Pues las palabras que no dicen el ser, nos alejan del mismo: nos apartan, como también sabía Vicente Huidobro, del alba.




Esa sospecha ante el acto nominal vacío entronca en la lírica de Claudia con su formación psicoanalítica y con la convicción de que el lenguaje, en la estela de Lacan y de Kristeva, nos aprisiona al concepto de la ley, de la norma, de la ilusión por vivir en la exaltación del lenguaje, pero en el fondo no denota sino el deseo del ser: un deseo por completar ese vacío que nunca se llena y que el lenguaje finge colmar, para descubrir que tras él sólo acecha la gravedad del hueco. El deseo como expresión de nuestro hueco, de nuestra falta, de nuestra ausencia de plenitud. El lenguaje, desde esta perspectiva psicoanalítica, nos instala en el territorio de lo simbólico, en el reino del Padre, y nos aleja de la ligazón material con lo materno., que también según Julia Kristeva, entronca con los principios simbólicos del cristianismo. 

En su obra En el comienzo era el amor. Psicoanálisis y fe, afirma la filósofa búlgara: “El cristianismo (…) por haber insistido en esa función paterna,  conduce a la formulación preconsciente de los fantasmas fundamentales que jalonan los deseos de los hombres” (65). En ese modelo del deseo como expresión del vacío es donde se instala la poesía de nuestra autora. En esa línea que tan sabiamente supo articular la voz de quien me atrevo a señalar como referente máximo de su obra: Rainer Maria Rilke. El autor de las Elegías de Duino comprendió que la máxima intensidad se proclamaba existencialmente en la infancia, y que de ella se prolonga temporalmente nuestra vida como conocimiento de esa despedida: de ese vacío que al mismo tiempo ha ocasionado nuestro destino como seres pensantes, como generadores de palabras. La materia o, como prefiere Rilke, la criatura animal es capaz de vivir frente a lo que él denomina “lo abierto” (das Offne), aquello que para nosotros, criaturas pensantes y dicentes, es imposible de arrostrar. Y así el poeta checo advierte que esa actitud nos condena a vivir de espaldas al mundo, a lo que auténticamente late como mundo, a la abierto, a la totalidad. Así lo expresa al final de su Octava Elegía:



¿Quién nos colocó así, de espaldas, de modo

que hagamos lo que hagamos siempre estamos

en la actitud de aquel que se marcha? Como aquél

que, sobre la postrera colina que le muestra todo el valle,

por última vez se vuelve, se detiene, se demora,

así vivimos nosotros siempre en despedida. (Rilke, 95).



Pues bien, esa apertura que para Rilke sólo es perceptible por las criaturas no armadas de  un lenguaje racional, basado en la fuerza del pensamiento, sería la Plenitud que poéticamente recrea Claudia Masin en su poemario, y que procede de la virtud fecunda de “La vista”, que da título a otro poemario anterior de la poetisa.



Y así, desde esa convicción de que la única plenitud posible nace en los parajes donde habita el vacío, es como la poesía nace con un sentido: el de restituir la verdad latente de las cosas, de las vivencias, de la memoria, del contacto, de la materia siempre viva que nos inunda con su realidad palmaria. Es “La estela” de esa única verdad la que puede transmitirse a través de la experiencia poética.



Pues en esa estela, como en la chispa, en el hálito, la lluvia, el descanso o el calor…,  es donde hallamos, aunque sea a modo de pregunta, la única posible curación, y la honda respiración de la belleza.





 Vicente Cervera Salinas


domingo, 4 de enero de 2015

"EL ALMA OBLICUA"





El alma oblicua
La poesía filosófica de Vicente Cervera 




Vicente Cervera Salinas es un poeta contemporáneo español, que siempre ha vivido entre libros. Es catedrático de la Universidad de Murcia, especialista reconocido de la literatura hispanoamericana, realizó su tesis doctoral sobre la poesía de J.L. Borges. Además de haber publicado numerosas monografías, varios estudios comparativos, la edición crítica de una obra del gran humanista dominicano, Pedro Henríquez Ureña, y la del narrador y dramaturgo cubano, Virgilio Piñera también se deben a su labor. Aparte de su actividad filológica, es actor teatral y cantante. Su primer volumen titulado De aurigas inmortales salió a luz en 1993, en el que rinde homenaje a la tradición de la epístola española, cuando se dirige a próceres históricos. La segunda colección es La partitura (2001), que está estructurada en torno a principios de construcción musical, en tanto que revivimos en el alma estados anímicos, mediante temas y contrapuntos melódicos. El alma oblicua (2003) es su tercer tomo, en el que  descifraremos mensajes codificados gracias a claves culturales, filosóficas y estilísticas. Y en el cuarto libro, titulado Escaladas y otros poemas (2011), a partir del poema que da el título de la colección (Escalada”) las categorías del espacio, los campos semánticos de la verticalidad cada vez más se fusionan con las del tiempo, o bien con las innumerables dimensiones del ser.


La poesía de Vicente Cervera es la combinación particular del tono filosófico con tonos personales y cotidianos, en la que los silencios y las pausas se convierten mucho más en los espacios de la reflexión que en lugares tradicionales de las rimas. Son poemas que requieren una lectura profunda, no suponen una recepción ligera. Nos incita a parar, a interiorizar, a adentrar, con cada verso nos invita a emprender un viaje, a atravesar senderos de las tradiciones poéticas hacia las instancias actuales de nuestro mundo contemporáneo. Las cargas semánticas multifacéticas y caleidoscópicas, las sugerencias ontológicas, los fragmentos disimulados de la realidad, pueden ser comprendidos dentro de los marcos de la fenomenología heideggeriana, que se revelan en el proceso cognoscitivo y como resultado del mismo, representan la verdad artística. De acuerdo con el adjetivo del título del volumen El alma oblicua, el yo poético siempre se desvía del camino recto y trillado, unas veces lento y cauteloso, otras veces a una velocidad vertiginosa penetra en los laberintos borgesianos de la existencia y la razón. Gracias a la pluma de András Imreh, la poética de Cervera se ha acercado a la lengua magiar, pues esta vez podemos leer dos poemas del tomo traducidos maravillosamente al húngaro.





En el poema Al que quedó” se trasluce la dicotomía de la presencia y la ausencia, que así tematiza la dualidad de pasado versus futuro. Las metáforas bien conocidas de la piedra” y la canción” ponen en juego el arte cósmico de materialidad y espiritualidad, lo imperecedero y lo fugaz, pasado y futuro, la realidad tocable y grave frente a lo poético aéreo e inabarcable. De tal modo se problematiza el tema de lo fragmentario y la totalidad, así como el del yo sujeto y la otredad.

En la pieza “Yacimientos” se proyectan los temas del autoconocimiento y la autorreflexión, tanto en el nivel visual, puesto que el yo lírico desde una posición vertical se coloca en posición horizontal, como en el nivel ontológico, en el sentido de que el instante se ajusta a la circularidad de lo eterno, cuando el origen se vincula con el término, la vida con la muerte, los secretos con los sueños. Dos maneras de yacer se conectan a través de los encabalgamientos, el descanso agradable de una siesta frente a la inmovilidad infinita e inevitable del cuerpo muerto, rígido, abandonado por el alma.


En los poemas de Vicente Cervera la intensidad rítmica nos eleva a las altitudes metafísicas, donde la creación poética cobra sentido en el proceso cognoscitivo del sujeto. El punto de partida siempre es la observación empírica de un pedazo del universo. La poesía constituye la representación lírica de las metamorfosis constantes del hombre, que por otro lado, supone la necesidad perpetua de cuestionar y reconsiderar los conceptos temporales. Vicente Cervera es discípulo de los grandes poetas hispanoamericanos –Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro, José Lezama Lima, Rubén Darío–, y tal vez nos reconduce a todos ellos. Tal como lo expresa él mismo: “Soy la ruta esquiva y sinuosa / en el plano inmaculado. […] Alma / oblicua que ama, al fin, la rectitud.”

    

Gabriella Menczel
Universidad Eötvös Loránd, Budapest


En la foto, Vicente Cervera con Rosa María Sánchez-Cascado Nogales, directora actual del Cervantes de Budapest, tomada el día de su recital el 27 de Septiembre de 2014. 






*Para leer la traducción al húngaro de los poemas de Vicente Cervera de "El alma oblicua" traducidos por András Imreh, pinchad el siguiente enlace.