miércoles, 25 de marzo de 2015

El inmenso hueco de "La Plenitud", o donde habita el vacío.







Un poemario como el que publica con sumo acierto Raspabook (2015), La plenitud, de la argentina Claudia Masín, supone no un libro más entre los libros, sino un texto esencial entre las modernas publicaciones poéticas. Sexto en el itinerario de títulos de su autora, se revela, desde su obertura hasta su cierre, como un viaje particular hacia el interior de la experiencia poética. Hacia la raíz del sentimiento que hemos convenido ancestralmente en considerar “poesía”. Unos versos de “La corteza” lo constatan:



Es posible entrar en la infancia de otra persona.

No hablo de inventar una historia lo suficientemente hermosa,

otriste, o rara, que nos dé la ilusión de estar unidos,

sino de entrar, como entra la raíz de un árbol en la raíz de otro,

cuando el espacio que los separa es poco…  (25)



Así: como entra la raíz de un árbol en la raíz de otro es justamente como va penetrando la escritura lírica de Claudia Masín en nuestra recepción, en nuestros sentidos y, más allá, en nuestro ser, y aún más, en la raíz de nuestro ser: en el arcano de nuestra existencia, en el lugar donde brota y germina la poesía. Una poesía que une al lector con la voz de su autora y procura al cabo inundar al receptor de su plenitud, de su totalidad, de su colmo.



Pero no pensemos que se trata de un tipo de plenitud como suma o adición, como acumulación o ganancia. No. Se trata de una plenitud que surge de la consciencia del vacío, del hueco, de la oquedad, de la ausencia, del pozo, de la falta, de la separación. Como en Pasado en claro de Octavio Paz, también aquí aparece esa noción contrapuesta y de radiante sugestión: “el ser sin ser, la plenitud vacía”. Como la plenitud de ese árbol del que nos habla en el último poema de la compilación de Claudia Masín, el que por derecho da título al conjunto y también así lo colma y llena de sentido y sugerencia. Ese árbol “demasiado delicado y tímido para sobrevivir sin que las ramas/ se tuerzan, decaigan, pierdan fuerza cada día,/ como si no hubiera nacido preparado/ para enfrentar la dificultad del suelo áspero y las plagas,/ y su propia debilidad lo llevara a empequeñecerse/ hasta casi desaparecer, tapado por una vegetación/ que pareciera nutrirse de la audacia/ que a él le falta (…)” (57). Todos tenemos en nuestra memoria visual la imagen de esos árboles asfixiados por plantas parasitarias, que difícilmente aspirar a crecer o mantener la vida erguida y ascendente. Es esta imagen de la carencia la que funciona como metáfora del acto nominal de nuestra autora, que sin duda y con contundencia apunta: 

Yo quisiera ser así, capaz de soportar la plenitud
sin anhelar la abundancia. (58).



¿Y esa abundancia innecesaria, de la que el yo poético libremente se despoja, de dónde emana? Una de las respuestas más evidentes, tras la lectura del poemario, sería, paradójica y curiosamente, del propio lenguaje. Los actos nominales redundan, según la autora, en lo accesorio, fútil o banal: en la escoria del ser. A lo largo del libro se sucede ese descrédito explícito hacia el mundo de la comunicación que nada dice ni transmite, salva la propia evidencia de un vacío que no se colma jamás. 

Y a pesar de ello, la escritora persevera en el lenguaje, porque no es el lenguaje del mero decir, sino el lenguaje asido al ser por la poesía, en el lado romántico del fenómeno de la creación, tomando el romanticismo en el sentido de Hölderlin o, si queremos, en la lectura heideggeriana del poeta alemán: la poesía como manifestación del ser, como ontología. De un ser “demasiado delicado y tímido para sobrevivir  sin que las ramas/ se tuerzan”: ese ser que es nuestro ser humano y rodeado por todas partes de la oquedad, del vacío. En el poema “El ancla”, por ejemplo, afirma:

 No son las palabras las que nos sostienen
 cuando la materia cae vencida, es al revés, somos salvados
 por el tacto, la cercanía física, el calor (…) (53)

Así sucede en todo el poemario: frente al acto nominal, el valor puro y evidente, natural y reconocible, de la materia.  “No hay belleza para mí en las cosas/ que no pueden volverse talismán contra las fuerzas/ del desamparo o de la pena, y ninguna palabra podría hacer eso,/ sólo la presencia física (…)” sostiene con rotunda firmeza en “El talismán” (43). Las leyes físicas de la materia remiten siempre al encuentro de nuestro ser con el del otro, o con el que remotamente fuimos y aun somos capaces de reconocer, pues brota en ese instante “La gracia”; la misma que versifica en su poema homónimo, donde nos invita a sentir de esta manera: 

A veces, muy raramente, un encuentro nos conmueve
de una forma que no puede ser atenuada por el pensamiento
o el lenguaje. (21)

La dicha plena, confirma unos versos más adelante, se produce como una forma de “dicha física/ y debería producirse sólo una vez,/ antes de que conozcamos las palabras.” (21). Pues las palabras que no dicen el ser, nos alejan del mismo: nos apartan, como también sabía Vicente Huidobro, del alba.




Esa sospecha ante el acto nominal vacío entronca en la lírica de Claudia con su formación psicoanalítica y con la convicción de que el lenguaje, en la estela de Lacan y de Kristeva, nos aprisiona al concepto de la ley, de la norma, de la ilusión por vivir en la exaltación del lenguaje, pero en el fondo no denota sino el deseo del ser: un deseo por completar ese vacío que nunca se llena y que el lenguaje finge colmar, para descubrir que tras él sólo acecha la gravedad del hueco. El deseo como expresión de nuestro hueco, de nuestra falta, de nuestra ausencia de plenitud. El lenguaje, desde esta perspectiva psicoanalítica, nos instala en el territorio de lo simbólico, en el reino del Padre, y nos aleja de la ligazón material con lo materno., que también según Julia Kristeva, entronca con los principios simbólicos del cristianismo. 

En su obra En el comienzo era el amor. Psicoanálisis y fe, afirma la filósofa búlgara: “El cristianismo (…) por haber insistido en esa función paterna,  conduce a la formulación preconsciente de los fantasmas fundamentales que jalonan los deseos de los hombres” (65). En ese modelo del deseo como expresión del vacío es donde se instala la poesía de nuestra autora. En esa línea que tan sabiamente supo articular la voz de quien me atrevo a señalar como referente máximo de su obra: Rainer Maria Rilke. El autor de las Elegías de Duino comprendió que la máxima intensidad se proclamaba existencialmente en la infancia, y que de ella se prolonga temporalmente nuestra vida como conocimiento de esa despedida: de ese vacío que al mismo tiempo ha ocasionado nuestro destino como seres pensantes, como generadores de palabras. La materia o, como prefiere Rilke, la criatura animal es capaz de vivir frente a lo que él denomina “lo abierto” (das Offne), aquello que para nosotros, criaturas pensantes y dicentes, es imposible de arrostrar. Y así el poeta checo advierte que esa actitud nos condena a vivir de espaldas al mundo, a lo que auténticamente late como mundo, a la abierto, a la totalidad. Así lo expresa al final de su Octava Elegía:



¿Quién nos colocó así, de espaldas, de modo

que hagamos lo que hagamos siempre estamos

en la actitud de aquel que se marcha? Como aquél

que, sobre la postrera colina que le muestra todo el valle,

por última vez se vuelve, se detiene, se demora,

así vivimos nosotros siempre en despedida. (Rilke, 95).



Pues bien, esa apertura que para Rilke sólo es perceptible por las criaturas no armadas de  un lenguaje racional, basado en la fuerza del pensamiento, sería la Plenitud que poéticamente recrea Claudia Masin en su poemario, y que procede de la virtud fecunda de “La vista”, que da título a otro poemario anterior de la poetisa.



Y así, desde esa convicción de que la única plenitud posible nace en los parajes donde habita el vacío, es como la poesía nace con un sentido: el de restituir la verdad latente de las cosas, de las vivencias, de la memoria, del contacto, de la materia siempre viva que nos inunda con su realidad palmaria. Es “La estela” de esa única verdad la que puede transmitirse a través de la experiencia poética.



Pues en esa estela, como en la chispa, en el hálito, la lluvia, el descanso o el calor…,  es donde hallamos, aunque sea a modo de pregunta, la única posible curación, y la honda respiración de la belleza.





 Vicente Cervera Salinas


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