lunes, 6 de julio de 2015

SEMEN O CENIZA: "Sobre Figli del divenire", de Vicente Cervera Salinas (por Alberto Chessa).




SEMEN O CENIZA
Sobre Figli del divenire, de Vicente Cervera Salinas


Al igual que los ayeres, el término devenir permite un plural que no deja de ser un desafío a su propia condición, pues multiplica lo que de suyo representa una entidad marmórea. Lo que dejamos atrás, o bien las peripecias que nos tenga reservada la existencia, son, en efecto, categorías opacas que impiden nuestra intervención, valga decir, el paso a nuestra luz. Eso, en fin, siempre y cuando consideremos, como Parménides, que «es lo mismo ser que pensar». No es el caso de Vicente Cervera Salinas (Albacete, 1961), cuya raigambre heraclitiana es patente en toda su obra poética, como pone de manifiesto el mismo título, Figli del divenire, escogido para esta Antologia poetica 1993-2013 que, en edición crítica y bilingüe, han preparado Marina Bianchi y Mario Francisco Benvenuto y publicado en la italiana Iride. 35 poemas como lápidas, entre los que se encuentra la composición que bautiza el conjunto, «Hijos del devenir», que nos deja ver a las claras cómo fluyen («todo fluye») los mismos ríos en los que -nos turbaba el de Éfeso- «penetramos y no penetramos, nosotros mismos somos y no somos.» Cervera se abandona al discurrir y, es más, propicia su reproducción exponencial en la medida en que el devenir del que se reconoce estirpe percute en plural e invierte su naturaleza de raíz a vástago, fruto de una procreación (y «sin parar») por parte del poeta. Leamos el final de la pieza:

            No perfeccionas una línea
            que trazaste única: como el sol,
            como la noche, como el fuego
            y como la marea, alcanzas los átomos
            de la intensidad. Luego te eclipsas.
            Y procreas devenires sin parar.

Debemos agradecer la oportunidad de los traductores y profesores de las universidades de Bérgamo y Calabria por celebrar los veinte años de dedicación a la poesía de Vicente Cervera Salinas con esta antología que, gracias a su condición bilingüe, nos acerca también a los lectores de su lengua madre una selección acertada y esclarecedora de los cuatro libros que el autor ha publicado hasta la fecha, a saber: De aurigas inmortales (Comisión V Centenario, 1993; finalista del Premio América de Poesía), La partitura (Vitruvio, 2001), El alma oblicua (Verbum, 2003) y el todavía reciente Escalada y otros poemas (Verbum, 2010).

A esta compilación, que iba siendo ya necesaria, pone el broche un poema inédito, «La vergüenza», que anuncia, al parecer, una nueva dirección en su poesía (quizá un camino más ancho), en donde la llamada, para entendernos, conciencia social pugna por abrirse un hueco sin que ello comporte una merma de la tensión en el decir ni, menos aún, el cavilar (¿por qué habría de generar tal cosa, por otra parte?) No se trataría de un giro en su creación; más bien -insisto- de la incorporación con mayor carácter explícito de algunos motivos (la rabia ante el oprobio y la injusticia; el dolor por los desheredados; la rendición ante lo que Maeterlinck llamó «el tesoro de los humildes») que hasta el momento se habían asomado a los versos como al bies, sin la formulación palmaria que sí ofrece el inédito. En cualquier caso, nos hallaríamos ante un peldaño más en la incesante escalada en la que el poeta anda atareado, una coherente reunión del andamiaje simbolista, que ha caracterizado toda su producción, con ese mirar afuera, al otro, a los otros, y que la lidia se dirima en el poema. «La conciencia es conflicto», concluía Yeats, un autor del que Cervera siempre se ha declarado devoto. El título completo de su última entrega, Escalada y otros poemas, parece remitirnos, de hecho, siquiera sea como un eco ulterior, a La escalera de caracol y otros poemas, una de las obras cumbre del irlandés.

                        el camino era
            un ascenso y el viaje una
            escalada, que permite recostarme
            en su penumbra vertical

Si algo caracteriza, por encima de cualquier contingencia, la poesía de Cervera Salinas es la búsqueda; indesmayable, feroz, con visos bien patentes de elevación, de ascenso. La mirada viene definida insobornablemente como un «don», y eso hace que, como propone «Ánfora», devengan «materia» y «espacio» todo lo que el poeta ha querido, todo lo que ha imaginado (en otra composición, «Tus labios de piedra», el espacio -otra vez- se habrá convertido incluso en «tacto»). Buscar, averiguar, descubrir tan solo para constatar el imperativo de seguir escudriñando; tal es la ecuación que ordena y cifra la razón de ser de esta aventura, su caza sin alcance. El poeta es consciente de la imposibilidad de coronar su indagación, lo cual, lejos de infundirle desánimo, le alienta a proseguir con nuevos bríos. Como un nuevo Dante regresado del círculo infernal, en «Marzo o la voluntad afirmativa», anuncia: «prometo no descender más al / Sur del desconsuelo». Y así, de cada trecho de la escalada, se vuelve como de un viaje jalonado de bellezas impuras y amores tiznados del «Azul heraldo» (recordemos que Juan Ramón supo ver que «Dios está azul»), y con palabras justas y cardinales, se diría que trasplantadas al papel desde el interior de una brújula.



El alma que se quiere «desnuda», en «Razones del deudor», no es otra cosa que el deseo de lograr el equilibrio postulado en el poema que da título al tercero de los libros de Vicente Cervera, El alma oblicua. No estamos ante una imagen feliz que sólo carga su sentido en un maridaje de resonancias sinestésicas. La inclinación del poeta por la abstracción geométrica ha quedado patente en su entrega a la escala, la escalada, la escalera. Cuando aquí se refiere a la dimensión «oblicua» del alma, de sí mismo, de su ser, hay que advertir ante todo que se trata de una confesión, en clave asimétrica, de la indeterminación del eje a la hora de regular sus puntos de fuga. «Alma / oblicua que ama, al fin, la rectitud», sí, y hacia ella propende; aunque, como en el caso de la ascensión, su destino será verificar que la consecución de la empresa, más allá de su posible logro, no importa tanto como la perseverancia en la sustancia primigenia que la animó. Es difícil, entonces, no dibujarse en la mente el espacio que remonta el poeta como un triángulo escaleno, con la cumbre desnivelada por sus tres lados desiguales; más aún si tenemos en cuenta que, en griego, escaleno (σκαληνός) no significaba más que eso: «oblicuo». En las iglesias góticas, es precisamente la orientación oblicua en las líneas cruzadas de la bóveda la que pone en jaque el plano del fondo con el primer plano, la izquierda con la derecha y viceversa, manteniendo en continuo movimiento al ojo, sin permitirle descansar, pues lo que ve es un paisaje enrarecido, turbulento, que acaba por sumir al espectador en un estado de inquietud. Es por eso por lo que el autor alerta sobre la presencia invasora de (otra vez, como el devenir y el ayer, en plural) «Nuestras muertes cotidianas»:

            En el hueco gesto y hosco,
            en la mirada despoblada como casa
            que habitaran sólo hormigas,
            en el timbre impertinente de la voz,
            en la respuesta agria, en el tinte
            más sombrío de la piel. Se
            pueden rastrear las muertes cotidianas
            en la faz crispada, refractaria
            a la emoción de conocer. Y, sobre todo,
            en la costumbre de haber claudicado,
            de olvidar que alguna vez se nos indujo
            a detenernos y proyectar luz y promesas.


¿Semen o ceniza? Cervera Salinas anda en pos de respuestas que sólo le generan nuevas interrogantes, perplejidades, disyuntivas. Ovillado con la Naturaleza («de ella / pretendo incorporar algún / apunte a mi persona», nos revela no sin modestia), en una lección bien aprendida de los románticos, concibe la tibieza como una «maldición» y, en consecuencia, propone como una suerte de vademécum: «Vida y muerte, que no falten a tu vida». En ese juego de contrarios, de espejos enfrentados, que pone de manifiesto la fuente barroca y el manantial borgiano en los que abreva también nuestro poeta, es donde con más vehemencia se verbaliza el conflicto aludido al principio entre ser y discurrir. Eros y Thánatos acuden en auxilio de la voz que, en el cierre de «La curación», se rompe ante la necesidad de decantarse por un arbitrio u otro; dice así: «Todos estamos vueltos ante Dios / y elegimos ser semen o ceniza».

Ahora bien, siendo cierto que en esa elección se juega el poeta el todo por el todo, no lo es menos que su camino de ascenso le brinda la ocasión de proyectar su encrucijada en otros, como si sólo tras la apelación a un , tras la sospecha fundada de que hay alguien que escucha, que atiende, pudiera desarrollar Cervera su afirmación o su duda (su «voluntad afirmativa», al fin y al cabo). ¿Cómo podría confirmar tal cosa? De ningún modo. Pero es precisamente por esa inevidencia por lo que el receptor al que se dirige el poema reclamando su solicitud o su amparo, el fantasma (deixis en fantasma) que señalan con tenacidad los versos, crece y se fortalece a cada paso, pues en su quimera está su salvación y en su entelequia la razón de su existir. Incluso en una composición como «Escalada», en la que, por su construcción, no esperaríamos más que un soliloquio autorreferencial, nos asalta de pronto el verso «y siempre voy contigo».

Hay, por tanto, en la poesía de Cervera Salinas un de importancia capital, que articula el decurso de la partitura. Un que cambia de traje según las necesidades de cada estancia y, así, podemos reconocer en él a veces un trasunto objetivado del propio autor, o bien un dechado amatorio, un interlocutor cómplice, el deseo de trascendencia y, cómo no, el propio lector, nosotros. En «El lamento de Narciso», adoptará la figura del Doppelgänger, con quien el poeta entablará una inevitable lucha fratricida, que a punto está de abocarlo a las aguas «saladas y voraces de la indiferencia y la extinción». Es decir: al sujeto que «ha concebido un doble» no le queda más que extremar el cuidado para no concebir asimismo su propia destrucción, pues al bilocarse puso en peligro su alma (por supuesto, «oblicua»). Algo que trae a la cabeza ese fenómeno de la psicología primitiva que, no en vano, se conoce como «pérdida del alma» y que Jung resumía inmejorablemente así: «un alma se puede marchar, como se le escapa a uno un perro en plena noche». De nuevo en el poema que da nombre a toda la antología, confesará el autor haberse fugado de su ser en un lugar de paso:

                                               Te
            apadrinaron estaciones, bocas de
            metro, tarjetas postales, o las persianas
            de un hotel donde fugaste de tu ser.

El lenguaje poético de Vicente Cervera destaca por una concisión en el decir, una justeza epigramática que no colisiona con la expresión barroca cuando el poeta la considera pertinente, algo que se echa de ver con nitidez en el uso recurrente del hipérbaton, que hace que estos poemas se eleven por encima de la planicie comunicativa. Tampoco son infrecuentes ciertos giros del acervo coloquial, frases hechas o locuciones sancionadas por el uso común, que emergen sin aviso en el devenir de la composición. Por dos veces, por ejemplo, se implora o concede la duda a lomos de su «beneficio»; y, en el poema que clausura el último libro, confiesa el autor: «Fui testigo y cómplice, / abogado de todos los diablos conocidos». El lenguaje avanza, en ocasiones, a golpe de intuición, por la vía de las correspondencias fónicas (no, no se trata de pedestres juegos de palabras), invitando al lector, y antes al poeta mismo, a descubrir en su seno secretas analogías de sentido: «la espada / que en la espalda clava el filo / sin veneno»; «Magníficas / raíces de magnolio».
Se trata, en realidad, de una sumisión al ritmo en provecho de la melodía de la pieza. De todas las manifestaciones artísticas, la más nutriente en Cervera es, sin duda, la música, como bien ha dejado constancia el autor al escoger la imagen de La partitura como título de su segunda entrega. Vemos allí cómo el poeta concibe un pentagrama como un autorretrato y aboga por la llegada de ese alguien (de nuevo el ) que sepa interpretarlo, haciendo suyo el anhelo de Valéry al flanco de su Cementerio marino cuando imploraba: «Yo he escrito una partitura, pero no puedo escucharla sino ejecutada por el alma y el espíritu de los demás».

En parecidos términos se ha expresado el poeta cuando ha escrito sobre «las líneas de fuga del pensamiento y sus virtualidades creadoras, más allá del poder y la voluntad de mi persona, no sólo de mi poesía». En efecto, no es la razón, entendida como sujeción coercitiva, la que conduce los poemas de Vicente Cervera, sino el desafío a la aprehensión exclusivamente cerebral. Lo cual no nos lleva por sistema a un gastado automatismo, claro que no: hay orden, hay criterio, hay armonía y contrapunto; las teselas encajan todas en el mosaico. Es más sencillo (y, a la vez, mucho más extenuante): la batuta que orienta estos versos es una articulación natural de la mano y, a un tiempo, la garante de la autonomía de cada iluminación, cada destello, cada sonido. Leemos en «Principio y fin»:

            Entre la historia y el poema,
            echar raíces. Sin claudicar ni vencer.
            Radicar en el aire. Y hollar.

Figli del divenire. Antologia poetica 1993-2013 brinda la oportunidad de reencontrarnos con versos conocidos que, a su vez, se leen en una clave distinta, vagamente otra; versos que están escritos más para ser declarados que declamados. Vicente Cervera Salinas sigue inmerso en la construcción paciente de una obra serena, inteligente, asentada. Una ya extensa creación en la que no falta la polifonía (qué nefasto lo contrario), pero tampoco esa única mano conductora que lo armoniza todo y niega la disonancia.


                                                                                                          Alberto Chessa
Madrid, febrero de 2014